marzo 03, 2010

Museo de imagenes (uno): El muro


Existe una teoría difundida –principalmente- en el mundo oriental llamada “horror vacui”. Dicha teoría considera que el hombre tiene horror al vacío. Los orientales, más adaptados al concepto de vacío, prefieren ver en sus paredes las sombras dejadas por las texturas, los cambios por el color de la tarde, las pequeñas imperfecciones que se plasman como verdaderas obras de arte. Los occidentales, poco acostumbrados a la nada -tuvimos que importar el cero de India-, llenamos esas mismas paredes con colores, pinturas, cuadros, avisos; tapando hazañas estéticas creadas por las fallas propias del género humano. Si consideramos entonces el “horror vacui” como una forma de decoración interior y exterior, la pared que se alza frente a nuestros ojos sería uno de los mejores ejemplos de la saturación visual a la que hicimos alusión hace poco.
La pared tiene cerca de dos metros y medio de altura, y de quince a veinte metros de ancho. Está construida sobre la carrera séptima a la altura de la calle cincuenta y, contrario al uso normal de las paredes, no está dividiendo un espacio público de uno privado. La pared sobresale porque está puesta al lado del andén sin función alguna; tan solo la de estar ahí. Aprovechando dicha ociosidad manifiesta –y recalcando la preocupación por la exaltación del vacío-, las personas han decidido llenar de letreros, grafitis, anuncios y manifiestos el muro gigantesco, otorgándole así a dicho objeto el, nada despreciable, oficio de publicista. En cada uno de sus rincones luchan por salir los mensajes nuevos que se confunden con los viejos. Cualquier observador desprevenido puede pararse horas frente a la pared que simula un viejo cuadro de max ernst, para formar nuevas palabras: cineumba, teacombocatiesta y asi…
Las luchas son infernales: trozos de papel arrancado, grafitis, imágenes y dibujos se funden en un solo cuerpo. Pareciera que la pared está formada por los trozos pegados y pocos imaginan que bajo toda esa masa se esconden kilos de ladrillo y cemento. El muro se alza para llenar otro espacio, para ocupar el espacio que debería estar vacío pero que insistimos en llenar con mensajes, con una marca que demuestre nuestra existencia y así no caigamos en ese horror vacui que empieza en los objetos y termina en nuestra vida.

3 Comments:

  • At 11:11 a. m., Anonymous Anónimo said…

    Y qué del silencio, al que tampoco nos acostumbramos, nosotros los occidentales, y que cuando lo tenemos encima lo interpretamos como una señal maligna o una dificultad para nuestra mente repleta de pensamientos y confusiones. Pero a veces, estimado Totoptero, el silencio, como la pared en blanco, también es una llama que nos guía. Interpreto el silencio como una señal que nos mantiene cerca y que nos permite, cuando nadie nos escucha, reencontranos.

    K

     
  • At 12:08 p. m., Anonymous Anónimo said…

    El vacío como frontera... qué lindo.
    Hermosa foto.

     
  • At 12:09 p. m., Anonymous VIoleta Leuro said…

    El vacío como frontera... qué lindo.
    Hermosa foto.

     

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